Crónica reflexiva social Por: César Ríos
Se reunieron a ver a Estados Unidos jugar: un político de izquierda, un funcionario público y unos padres de migrantes. Lo que ocurrió sorprendió a todos
Una historia sobre migración, identidad, ideología y las distintas formas en que América Latina mira a Estados Unidos.

La tarde del partido parecía una más de tantas que se viven durante un Mundial de fútbol. Una pantalla encendida, una mesa llena de comida, familiares reunidos y la expectativa de noventa minutos de emociones. Sin embargo, aquella reunión tenía algo especial. No era únicamente un partido entre Estados Unidos y Paraguay. Era una fotografía de las distintas formas en que América Latina mira a Estados Unidos.
La escena transcurría en la casa de unos padres salvadoreños cuyos dos hijos habían emigrado hacía más de una década. Uno trabajaba en la construcción en Houston y el otro conducía camiones en Carolina del Norte. Gracias a años de sacrificio, ambos habían logrado comprar sus viviendas, formar una familia y ayudar económicamente a sus padres.
Aquella noche, desde temprano, habían acordado ver el partido simultáneamente. Los hijos en Estados Unidos y los padres en El Salvador.
—Vamos a hacer hamburguesas y papas fritas para ver el partido —había dicho uno de los hijos durante una videollamada.
La madre sonrió y respondió:
—Entonces nosotros también haremos hamburguesas.
Y así fue.

Sobre la mesa no había pupusas ni tamales. Había hamburguesas, papas fritas y refrescos. Era una forma sencilla de sentirse cerca de quienes estaban lejos. Una forma de compartir una misma experiencia a pesar de las fronteras.
Entre los invitados se encontraban dos personas muy distintas.
La primera era un reconocido dirigente político de izquierda, formado en las viejas luchas ideológicas latinoamericanas y convencido crítico del imperialismo estadounidense.
La segunda era un funcionario público, acostumbrado a analizar la realidad desde la diplomacia, la economía y las relaciones internacionales.
Antes de comenzar el partido, el dirigente de izquierda observó la mesa y sonrió.
—Hamburguesas para ver a Estados Unidos… la influencia cultural ya llegó hasta aquí.
Todos rieron.
—No es por Estados Unidos —respondió la madre—. Es porque nuestros hijos estarán comiendo lo mismo allá.
La diferencia parecía pequeña, pero encerraba una enorme verdad.
Para millones de familias latinoamericanas, Estados Unidos no es únicamente una potencia económica o militar. Es también el lugar donde viven sus hijos, donde nacieron sus nietos, donde encontraron oportunidades que sus países nunca pudieron ofrecerles. La relación de los pueblos suele construirse desde las experiencias humanas mucho antes que desde los discursos políticos.
Comenzó el partido.
Cada avance del equipo estadounidense era seguido con nerviosismo por la familia.
—¡Vamos, vamos! —gritaba el padre.
El dirigente observaba con cierta incomodidad.
—Nunca entenderé cómo tanta gente termina apoyando al mismo país que tanto ha influido en la política latinoamericana.
Nadie respondió.
A los veinte minutos llegó el primer gol de Estados Unidos.
La madre saltó de su asiento.
—¡Gol!
El padre levantó los brazos y celebró como si se tratara de una final.
Inmediatamente sonó el teléfono. Era una videollamada desde Houston.
Al otro lado de la pantalla, uno de sus hijos también celebraba.
Durante unos segundos desaparecieron las fronteras.
La escena parecía sencilla: una familia festejando un gol. Pero en realidad era mucho más profunda.
La camiseta que corría sobre el césped no representaba para ellos a un gobierno ni a una potencia. Representaba a sus hijos, a sus nietos y a una historia familiar construida entre dos países.
El dirigente de izquierda observaba una realidad diferente.
Había crecido escuchando historias de intervenciones extranjeras, conflictos ideológicos y luchas por la soberanía nacional. Para él, Estados Unidos representaba una estructura de poder internacional que históricamente había influido sobre América Latina.
Mientras la familia veía a sus hijos reflejados en cada jugada, él veía décadas de tensiones políticas.
Ambos observaban el mismo partido.
Pero ninguno estaba viendo el mismo país.
Sentado junto a ellos, el funcionario público analizaba el encuentro desde otra perspectiva.
Sabía que las relaciones internacionales rara vez se construyen sobre afectos o ideologías exclusivamente. Los gobiernos deben tomar decisiones considerando comercio, inversión, seguridad, migración y cooperación internacional.
—Más allá del resultado —comentó—, a nuestros países les conviene mantener buenas relaciones. Millones de empleos, exportaciones y remesas dependen de ello.
La familia asintió.
El dirigente guardó silencio.
No necesariamente estaba de acuerdo, pero comprendía que la realidad era más compleja que cualquier consigna.

Mientras avanzaba el encuentro, el contraste entre las tres miradas se hacía cada vez más evidente.
La familia representaba la relación entre los pueblos.
El dirigente representaba la relación ideológica.
El funcionario representaba la relación entre los Estados.
Y quizás allí se encontraba la verdadera riqueza de aquella noche.
Porque el verdadero partido no se jugaba en la cancha.
Se jugaba en aquella sala.
Tres personas observaban exactamente el mismo uniforme, la misma bandera y el mismo gol. Sin embargo, cada una interpretaba algo completamente distinto.
Para unos, era una familia.
Para otros, era una potencia.
Para otros, era un socio estratégico.
Cuando llegó el segundo gol estadounidense, la alegría volvió a apoderarse de la casa.
Las hamburguesas ya estaban frías. Las papas fritas casi habían desaparecido. El dirigente continuaba prefiriendo su carne asada y su ron. El funcionario aceptaba de ambos platos.
Sin darse cuenta, incluso la comida se había convertido en una metáfora de la conversación.
Al finalizar el encuentro, Estados Unidos había ganado.
Mientras apagaban el televisor y recogían los platos, el dirigente de izquierda lanzó una reflexión inesperada.
—Quizás los pueblos entienden las relaciones internacionales de una forma distinta a los políticos.
Nadie respondió de inmediato.
No era necesario.
La respuesta estaba frente a todos.
En aquella sala convivían tres formas de entender a Estados Unidos. La de los pueblos, construida a través de los afectos, la migración y las familias. La de las ideologías, construida a través de la historia, las convicciones y la memoria política. Y la de los gobiernos, construida sobre intereses estratégicos y realidades diplomáticas.
Ninguna era completamente falsa.
Ninguna era completamente suficiente por sí sola.
Cuando el árbitro decretó el final del partido, Estados Unidos había ganado en la cancha. Pero la verdadera lección de aquella noche fue otra.
Mientras las ideologías discuten y los gobiernos negocian, millones de familias continúan construyendo puentes invisibles entre ambos países.
Tal vez por eso, cuando Estados Unidos mete un gol, para muchas familias latinoamericanas no celebra una potencia extranjera.
Celebra al hijo que logró salir adelante.
Al nieto que nació lejos de casa.
Y a la esperanza que cruzó una frontera para regresar convertida en oportunidad.
